¿Qué es escribir un relato?

Es un acto de rebeldía, rebeldía contra el tiempo, infame traidor. Un acto de rebeldía contra la marcha, incesante y caprichosa, del bastardo reloj. Es captar ese instante efímero para hacerlo lo más eterno posible, lo suficientemente eterno como para convencerte de que lo será. Es fotografiar el momento, pero sin pausar su cadencia, sin silenciar su musicalidad o su estruendo, buscando su esencia más pura, buscando el desequilibrio que lo hace tangible, la asimetría que lo hace humano, para alcanzar así la perfección que solo habita en las pequeñas imperfecciones de la vida. Es darle protagonismo a palabras diminutas, esas imprescindibles que suelen pasar desapercibidas; connotar en monosílabos, dejar hablar a los puntos. Es escribir, aunque sea el borrador, en una hoja, para poder hacer con ella un avión de papel que, al menos, sea capaz de rozar una nube.

A la deriva

Te hallé entre los escombros putrefactos,

en los rincones más sombríos.

Te escuché sollozar

donde habitan los poetas muertos,

en el vacío del olvido,

en ese leteo insondable

que es la muerte.

Te rescaté de los recodos

de la mente…

allí donde no llega la memoria,

donde solo el musgo respira,

donde hiberna la vida.

Te desperté para hacerte mía,

para petrificar lo etéreo junto a ti;

para ser antítesis:

un grito en el silencio

que inunde los abismos de celulosa.

Para crear vida

que lata entre rastrojos,

que palpite entinta

y que despunte ante tus ojos.

Que soy un alma a la deriva,

poeta errante

que augura hermosas tempestades,

encinta de suspiros

surcando el triste oleaje.

Déjame

Déjame llorar a solas

porque tengo miedo.

No me hables,

déjame susurrar de memoria mi epitafio.

Déjame morir despacio,

que sienta cómo se acaba mi vida,

que recuerde cada instante,

que lamente cada historia no vivida.

Déjame tejer mi sudario,

teñirlo de absurdo,

tatuarlo de infinito.

Porque no hay peor muerte

que la que pasa inadvertida,

sin dejar rastro en el camino…

Las moscas de Murakami

He estado leyendo a Murakami; algunos de sus relatos. Sobre todo porque está adquiriendo gran popularidad en el mundo de las letras contemporáneas, parece que todo el mundo ha leído o conoce a Murakami, y yo, como buena lectora y amante del género del relato, me he dispuesto a conocer al cuentista japonés de moda.

Sobre todo porque to también escribo relatos ¿sabes?, y cuando eres escritor – no necesariamente profesional – ya no enfocas la lectura de la misma manera. A veces salta el resorte del crítico, con la posible desventaja de no dejarte disfrutar de  forma inocente de lo que lees; se despierta pues, la voracidad del pupilo que quiere llegar a ser maestro y sus ojos se posan en cada minúsculo detalle.

Pues bien, he leído al señor Murakami y lamentablemente, para mi sorpresa, sus relatos no me han dicho nada. Al terminar con la lectura he sentido que faltaba algo, pero no se trata de esa frustración producida por la inconclusividad característica del relato como género literario, sino de la falta de algún tipo de conexión entre el texto y yo, o algo que no ha encajado como debiera. Sé que no leer literatura en su versión original es una enorme desventaja, gran parte del magnetismo de una obra se pierde al ser traducida, pero, sinceramente, acceder al texto en japonés es para mí algo imposible. He estado pensando que quizás Murakami presente un enfoque demasiado personal sobre ciertos temas o acontecimientos, basado en sus recuerdos, sus impresiones, su concepción de la vida. Y eso me ha llevado a pensar en mí, en mis relatos: ¿cómo puedo saber que mi lector va a sentir al leer lo que yo siento al escribir? ¿Cómo puedo saber qué es lo que piensa, qué es lo que entiende? ¿Cómo sé yo que ,mis relatos no son un planteamiento demasiado personal, enraizado en un sentido interno, introspectivo y único, inaccesible para el resto? ¿Cómo puedo saber que mi lector va a entender el mensaje, interpretarlo? O si en cambio tendrá la sensación de estar leyendo una mala traducción del japonés, del alemán, del sánskrito; de un idioma que, a pesar de entender los signos, el lector es incapaz de obtener una sola idea – o peor, un solo sentimiento – sino la superficialidad de unas palabras sin destinatario.

Entonces se ha posado algo en mí y esta vez no han sido las mariposas, las que vienen a encender la llamita de la inspiración; sino moscas, esas moscas de las que habla Murakami, que anidan, anidan en tu oreja y roen hasta consumir. Hay que ser muy precavido y huir de esas moscas, porque sí, pueden consumir a un escritor hasta adormecer sus sentidos provocando que no vuelva a escribir jamás, puede que deje de escribir para sí mismo, que es, al fin y al cabo, lo esencial, sería una pena ¿no?

Virginia  F. S.

18/10/2014

lector

¿Qué es poesía?

¿Qué es poesía

sino la pasión más efímera

y delirante?

 

¿Qué es poesía

sino el destello más pulcro

y transparente?

 

¿Qué es poesía

sino tu y yo ebrios

de locura?

 

¿Que es poesía

sino arder

y ser quemadura?

 

¿Qué es poesía

sino una nota de emoción

contenida?

 

¿Qué es poesía

sino la luz de un faro,

fugitiva?

 

¿Qué es poesía

sino amor travieso

a primera vista?